Modernidad Siglo XVI en adelante (I)

-Modernidad Siglo XVI en adelante.


Liberado de la fe, del mismo Dios y de la omnipresencia de la Iglesia, el
hombre entra en la “modernidad”, en la que la razón ocupa el lugar de Dios. 
Los pasos siguientes son la ilustración, el absolutismo, la revolución francesa, la
revolución industrial inglesa, el marxismo. Todas las tradiciones religiosas y
culturales se conmueven desde los cimientos. 


En síntesis:
  •  del cristianismo  se pasa a una religión natural;
  •  del espiritualismo al materialismo;
  •  de la metafísica a la ciencia empírica, al positivismo;
  •  del estaticismo social a la dinámica de la lucha de clases y cambios revolucionarios;
  •  de la religión y la cultura, como claves de la historia, a la programación económica; 
  • de la atención a la conciencia al análisis del subconsciente, como clave de la conducta humana; 
  • de unas civilizaciones agrarias contemplativas a unas sociedades urbanas
tecnificadas;
  •  de unos regímenes autoritarios a la democracia.


En la secularización se da el paso de unas concepciones o experiencias
nacidas de la fe al dominio de la razón humana. En este proceso desaparece el
mundo metafísico o trascendente y no queda más que el mundo histórico, social,
humano, finito. La secularización, en su radicalidad, se hace secularismo, como
ideología tendenciosa y cerrada que, para afirmar la absoluta autonomía del
hombre y la ciencia, excluye toda referencia o vinculación a Dios en las diversas
esferas de la vida. El hombre, sin Dios, se cree capaz de resolver sus problemas
con la ciencia y la técnica. Este endiosamiento del hombre se quiebra con las
dos grandes Guerras mundiales, que hunden a la humanidad en el vacío
existencial, llevando al hombre a la desesperación y desconfianza: nada tiene
sentido. La experiencia del absurdo de la vida desemboca en el pesimismo o
nihilismo. Todos los valores caen por tierra. La crisis vital del hombre moderno
le hace sentirse desamparado y desarraigado. El desarrollo de los medios
técnicos, en que había puesto su confianza, se han transformado en medios de
destrucción. El hombre moderno se balancea entre el entusiasmo científico-técnico
y el miedo a la obra de sus manos: bomba atómica, genética,bacteriológica, manipulación genética...


De estas raíces brota el ateísmo actual. La afirmación de sí mismo, llevada
hasta el extremo, desemboca en la negación de Dios. Con Feuerbach y Marx y,
más tarde, con Nietzsche y Freud, el ateísmo se convierte en una visión del
mundo, que alcanza dimensiones universales. Este ateísmo del hombre actual
se manifiesta, no sólo en el ateísmo declarado, sino en la indiferencia o
alejamiento práctico de la vida de fe. Para muchos Dios es completamente
irrelevante en su existencia. Viven en un divorcio total entre fe y vida. La fe no
tiene nada que ver con la vida. Una fe inmadura, apoyada en el ambiente social,
no resiste los embates de la secularización, la urbanización, el anonimato, las
relaciones funcionales despersonalizadoras o movilidad de la sociedad actual. El
éxodo del campo a la ciudad, la emigración a un país extranjero como refugiado
o exilado o por razones de trabajo, quitan el apoyo sociológico de la fe, y el
aislamiento o el nuevo ambiente adverso o indiferente a la fe provocan el
abandono o el alejamiento de la propia creencia.

El bombardeo de ideas, costumbres y valores del nuevo ambiente sacuden la fe del hombre, sumiéndolo en el indiferentismo. El hombre actual es víctima constante de los medios de
comunicación que le inoculan un nuevo estilo de vida, en el que la fe en Dios se
sustituye por otros valores como el consumismo: el afán de poseer, el poder, el
placer. Los ídolos de la riqueza, el dominio y el sexo se levantan hasta sustituir
a Dios que no admite que “se sirva a dos señores”. Hoy el ateísmo se ha
impuesto en la sociedad. El Vaticano II es consciente de esta realidad, que
considera “como uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo y que, por
ello, debe ser examinado con toda atención” (GS 19-20)


El progreso de las ciencias exactas ha llevado al hombre a no admitir más
que aquello que se puede probar empíricamente y a negar, por tanto, a Dios. El
avance de la tecnología, al suministrar al hombre poder sobre la naturaleza y
aún sobre los mecanismos psicológicos y sociales, persuade al hombre de su
omnímoda capacidad de reemplazar o sustituir a Dios para organizar su vida.
Dios es una hipótesis inútil e innecesaria. La creciente independencia o
autonomía a todos los niveles ha confirmado en el hombre actual el sentimiento
de autosuficiencia. El hombre se basta a sí mismo, sin necesidad de recurrir a
un Dios, que está en el cielo. Pero todos los esfuerzos de la técnica moderna, por
muy sorprendentes y útiles que sean, no pueden calmar la ansiedad del hombre.
La técnica, con sus avances, está transformando la faz de la tierra e intenta la
conquista de los espacios interplanetarios. La medicina curativa y preventiva,
puede alargar la vida del hombre, pero la prórroga de la longevidad no puede
satisfacer ese deseo de vida sin fin que surge ineluctablemente en el corazón del
hombre.
La Iglesia hoy, en su evangelización, se enfrenta con este hombre moderno,
racional y secularizado, técnico y hedonista, pero que no ha resuelto el problema
de su vida, pues no sabe cuál es el sentido de su existencia. ¿Cómo salvar a este
hombre? ¿Cómo anunciarle el amor de Dios? En un mundo cargado de
sospechas acerca de Dios, la nueva Evangelización debe levantar la luz de la fe
en el Dios amor, manifestado en la cruz de Jesucristo y presente en su Iglesia
en medio del mundo. En esta situación existencial del hombre, esclavo por el
temor a la muerte, es necesario que resuene el kerigma, el anuncio de la
resurrección de Jesucristo como Buena Noticia. Jesucristo, entrando en la
muerte, ha roto el círculo de la muerte con su resurrección. Ha abierto al
hombre un camino hacia la vida y la libertad. Sin el miedo a la muerte por el
don del Espíritu Santo, habiendo quedado “vencido el señor de la muerte”, el
hombre puede pasar libremente la barrera que le separa del otro y amarlo. “La
muerte ha sido devorada en la victoria” (1Co 15,54-57). En el hombre liberado
del temor a la muerte nace el amor cristiano: amor hasta la muerte, amor en la
dimensión de la cruz, amor al enemigo (Jn 15,12-13; Mt 5,43-48).

Fuente:Emiliano Gimenez Hernandez-Historia de la Salvación.

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